miércoles, 29 de julio de 2009

Urgencias


En casa, y con los azarosos demonios bajo control, siento como la soledad se desinflama. La soledad es un acceso (en su sexta acepción de la RAE, que lo cataloga como término médico) en el alma y, durante una estancia hospitalaria, puede manifestarse con violencia. Curiosamente, el antiinflamatorio más eficaz suele ser la presencia de los otros enfermos y sus allegados; porque al hospital solo entra la parte noble de la gente. Es como si, automáticamente, te despojaran en la puerta de todas las miserias: arrogancia, misantropía, ira, impaciencia; todo queda en una hipotética consigna a la puerta de la tragicoteca.

Aun como acompañante, cuando ingresas en un hospital a menudo, desarrollas una habilidad especial; parecida a la del viajero empedernido para hacer la maleta perfecta: Eres capaz de plegarte en el espacio más reducido y olvidas el pudor superfluo. La solidaridad, la compasión y el amor al prójimo (esos conceptos tan denigrados, a fuerza de ser convertidos en slogans) adquieren un sentido nuevo y brioso. Te sabes vulnerable, y descubres el valor de la pertenencia a la tribu (por mucho que la modernidad nos avoque al individualismo irredento).

Ese pensamiento moderno tiene su origen en el siglo XVII, cuando el filósofo francés René Descartes socavó todos los cimientos de los valores vigentes con su Discurso del método. Sus orígenes los podemos atisbar siguiendo el rastro a los restos del pensador, en el libro de Russell Shorto Los huesos de Descartes. En un relato amenísimo, sobre el trajín de aquellas reliquias, nos movemos por una Europa cuya intelectualidad intuía la importancia de semejante revolución: Con la razón como instrumento, los dogmas y los autoritarismos ya no tendrían razón de ser y, efectivamente, íbamos a tener que poner a prueba el funcionamiento del tan cacareado libre albedrío. Hoy, tres siglos más tarde sabemos que no funciona muy bien, y que el mundo es (cada día más) un lugar plagado de dudas y confusión…Pero hay que seguir confiando en el Hombre, y esperar que pronto surja otro Descartes, a ser posible menos arrogante y testarudo, que vuelva a apuntalar el edificio de la civilización. ¡Es urgente!

sábado, 18 de julio de 2009

La Luna

Alrededor de las 3 de la madrugada (tiempo coordinado universal) del día 21 de Julio de 1969, el astronauta Neil Armstrong pisaba, por primera vez en la historia de la humanidad, la luna. Quince días más tarde cumpliría 39 años (una forma estupenda de lidiar con la supuesta crisis de los 40). Yo, por mi parte, era un niño de 13 años que estaba viviendo el verano más alucinante de su corta vida. En realidad no pasaba nada, solo que mis hormonas estaban mas revolucionadas que los motores que impulsaban al Apolo XI; por eso, cuando mi padre nos despertó a toda la familia, para que intentásemos mirar simultáneamente a Selene y a la pantalla del televisor, me sentí casi tan protagonista como el comandante americano. Después de todo yo era un miembro de esa humanidad que estaba dando un paso enorme hacia el fascinante futuro, generosamente extendido ante mí. Aquel verano yo adoraba a muchos otros astros: estrellas de rock, recién descubiertas, que me integraban en un universo diferente y halagüeño.

En unos días se cumplirá el 40 aniversario de aquella noche de verano sureño, cuando el canto de los grillos y el olor de los jazmines quedaron asociados, para siempre, con aquella gesta. Cuando imaginé esta entradilla lo hice con música, y he de reconocer que la primera canción que se me paso por la cabeza era Fly me to the moon (en alguna de sus buenas versiones), pero ahora sé que TVE planea un programa nostálgico presentado por el tirano (ahora también “saurius rex”) de Jesús Hermida (el artífice de mis problemas estomacales), donde va a sonar esa música; de modo que prefiero mi segunda opción: Eclipse del magnífico The Dark Side of the Moon.

Agradezco al autor del montaje encontrado en youtube su préstamo, y hecho de menos la voz del final…¿os acordáis?:” En realidad ya no hay cara oculta de la luna…¡está vendida!”

domingo, 12 de julio de 2009

Vinagre


En la América pre-colombina, con seguridad, y en el resto del mundo, muy probablemente, los sacrificios humanos estuvieron vigentes hasta bien entrado el siglo XV. Rituales de muy distinta naturaleza, pero fundamentalmente de índole militar y religioso, incluían la inmolación de un ser humano. Por supuesto, la muerte debía ser un martirio, porque de lo contrario su carácter de ofrenda no hubiese funcionado adecuadamente. La lógica era demoledora: Calmar a un dios enojado requería una cantidad enorme de sufrimiento. Las ceremonias debían alcanzar tal grado de simbolismo que la relación tabú-prestigio era directamente proporcional: a mayor oscurantismo mayor reputación para los oficiantes y entendidos. También en la tauromaquia, incluidas todas las fiestas con toros implicados, hay un simbolismo enorme; porque cuando las luces y la razón disuelven el tabú de algo, lo último que desaparece es el andamiaje que lo ha sostenido, construido con la maldita tradición (más pegajosa que el cemento).
La palabra tabú es un término de origen polinesio que significa lo prohibido, aunque la RAE dice que es la condición de las personas, instituciones o cosas a las que no es lícito censurar o mencionar. Con respecto a la fiesta nacional, sus detractores (entre los que me incluyo) hemos conseguido sustituir el tabú por la invisibilidad, y a excepción de los militantes antitaurinos, el resto nos escudamos en la convicción de que no es útil discutir de toros, por la imposibilidad de llegar a ninguna conclusión. En realidad lo que hay que hacer es utilizar vinagre, aunque la realidad ya lo vierte a granel (véase la muerte del joven madrileño en los Sanfermines). El ácido acético es bueno para limpiar los restos de cemento. Que se les avinagren las fiestas, definitivamente, es cuestión de tiempo.

jueves, 9 de julio de 2009

Misantropía


De vuelta a la ciudad compruebo que el bebé de abajo aun no ha parado de llorar. Lleva llorando, sin parar, los diez primeros meses de su vida. Aunque si yo tuviese esos padres también lloraría (it’s my party, and I cry if i want to. You would cry too if this happen to you). Son unos maleducados, cara de acelga, que ni siquiera saludan en el portal.
Hace unos días, Fernando Savater, publicaba una columna donde afirmaba que los únicos libros prescindibles sin reparos, cuando ha de deshacerse de ellos, o bajarlos al sótano para hacer sitio en casa, son los marxistas (afirmación sorprendente, o quizá no tanto tratándose de Savater). Pues bien, yo quiero reivindicar nada menos que el libro rojo de Mao: ese panfleto que mis amigos de adolescencia me ocultaban por considerar que mi ascendencia burguesa me excluía de tan excelsa lectura. Allí, el mandatario chino, exponía sus razones para prohibir a sus compatriotas que siguieran pariendo como conejos: sabia medida, para evitar la proliferación de ruidosos (afligidos y desconsolados) descendientes de maleducados, caras de acelga. ¡Ala!

domingo, 5 de julio de 2009

¿Ha muerto alguien?


Al borde de la inanición, me dispongo a nutrir esto como sea. Menú frugal y fresco porque, en verano, prefiero estar en la calle antes que en el Cyber, esa realidad consensuada que se inventó William Gibson en su cuento Burning Chrome.
A partir de la noche de San Juan se apodera de mí una somnolencia fomentada por el batir de las olas a la puerta de casa. El pregón de los fruteros ambulantes se mezcla con las campanadas del reloj de la iglesia y el chiflo: la flauta de Pan del afilador, que ha sido sustituido por una grabación. La bici tiene un altavoz, situado sobre el manillar, que amplifica las tonalidades consecutivas (de grave a agudas y viceversa) de este silbato de caña. Aun así, con el megáfono delante y el esmeril mecánico detrás, este vehículo es más útil para viajar en el tiempo que el DMC DeLorean de Doc, el científico loco amigo de Marty McFly en “Regreso al futuro”.
Hace unos años se publicitaba a la costa Dálmata como el Mediterráneo tal como era, pero La bañera de Ulises tiene un punto de eternidad en cualquier esquina. ¡Dulce verano!