miércoles, 16 de septiembre de 2009

Septiembre


Antes de irme a la cama sueño. Mientras en el reloj de la plaza dan las once, una luna menguante, color calabaza de mármol, se cuelga tras la Torre del Pirata para iluminar la playa débilmente. Con el chasquido de los dedos hago aparecer, en el paseo marítimo, un teatro de la ópera: Ebben? Ne andrò lontana…A su lado surge un espacio de arte (pleonástico eufemismo de museo), fruto del cartabón de un híbrido entre Alto y Nouvel. Mas allá los multicines; salas en 3-D y sonido extremo. Aquí y aculla, unos cuantos restaurantes ofrecen de todo a cualquier precio y, para finalizar, las tiendas: esos lugares imprescindibles para el Homo abûsus.
De repente, el sueño se torna pesadilla. La demanda para tanta oferta ha dinamitado, irremediablemente, la paz de esta aldea marinera. Hasta que no triunfe Arturo Soria, o las promesas del futuro-pasado (aquellas que auguraban un hábitat racional, con las aglomeraciones limitadas y los servicios infinitos) no se cumplan, tendremos dos opciones: el medio rural/marinero y las ciudades.
Mi privilegio consiste en volver al asfalto, y despertar en la parte placentera de mi sueño, sabiendo que este lugar permanece inalterado (el mar salado, el aire dulce, y los cielos dignos de Zóbel)
Septiembre.


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