jueves, 16 de abril de 2009

¿Cain o Abel?


    Anoche tuve el honor y el placer, dos palabras que deberían asociarse más a menudo, de cenar con un eminente paleontólogo: Ignacio Martínez Mendizábal es profesor titular de paleontología en la universidad de Alcalá  pero, sobre todo, es uno de esos investigadores españoles que dedican la mayor parte de su tiempo al yacimiento de Atapuerca. Dentro del proyecto coordina el área de evolución humana, y sus principales líneas de investigación se relacionan con el origen del lenguaje y la audición en ese proceso. Después de disfrutar con sus conocimientos, que propaga y comparte de la manera más amena posible, viene la inevitable reflexión sobre el presente de la comunicación entre los hombres. Aquellos homínidos, que desarrollaron su cerebro de manera espectacular para poder comunicarse más y mejor, parecen  ávidos de aislamiento, de vuelta hacia el estado individual. Quizás hayan alcanzado un grado de saturación informativa tal que les haya producido vértigo…o pavor.  

    A la pregunta de si la paleontología podría predecir futuras evoluciones en la anatomía humana, Ignacio respondía que, con el auge tecnológico, nuestro progreso ha pasado a ser extrasomático, es decir, que ya no necesitamos ampliar la cavidad craneal para albergar más información, ¡tenemos La Red!; de modo que los ego estetas (¡vaya palabro!) pueden estar tranquilos con respecto a la apariencia futura de sus descendientes. Pero lo que sí debería inquietarnos a todos es la deriva cainita de la humanidad que, según Ignacio (y yo estoy convencido de que así fue) era originariamente de la rama de Abel: de otra manera no se explican las trazas de bondad y compasión que podemos rastrear en la sima de los huesos,  las muchas pruebas de que aquellos moradores primitivos cuidaban especialmente a los más débiles y desprotegidos de su especie. ¿En que momento giró la selección natural hacia Nietzsche?

   

 

   

 

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